Robe Iniesta es reconocido como músico, poeta y estrella del Rock. Pero no tanto como precursor de lo que hoy conocemos como Crowdfunding. Te vendo mi disco por un talego, pero tienes que esperar a que lo grabemos, le decía a la peña para conseguir reunir la pasta para pagar el estudio de grabación. Bienaventurados todos aquellos que confiaron en Jesucristo García, porque gracias a ellos tenemos uno de los álbumes sagrados del Punk en castellano. La formación original estaba compuesta por Robe, voz, guitarra y letras; Salo, autor de esas fantásticas líneas de bajo; y Von Fanta, marcando los cambios de ritmo desde la batería. Juntos crearon un sonido original que bautizaron como Rock Transgresivo. Y aunque la producción fuese bastante pobre, le confirió una crudeza y una sencillez que redondearon el resultado. Soy de los que prefieren esta primera versión a la que sacaron años después, mejor producida, sí, pero recargada de arreglos superfluos. Por supuesto es la versión disponible en el Spotify, así que nada como un formato físico para disfrutar del original.
Aunque había escuchado alguna canción de este disco en Radio 3, no tuvo el impacto tan grande en mi hasta que me pasaron la cassette. Ese verano me fui de monitor a un campamento en la Dehesa de Letur, Albacete, con los Jóvenes del Parque, de la Parroquia Santa María de Hortaleza. Mi amigo Pepovich participaba en los grupos parroquiales y me animó a irme con ellos. Cumplí 18 años ese verano, me puse un arito en la oreja, mi padre se enfadó y yo me fui de campa pasando de las vacaciones familiares. Fue un proyecto muy bonito; animación y educación en unas aldeas bastante perdidas en las montañas. Al menos así era en esa época, nunca he vuelto pese a que lo prometí a varias personas con las que hice amistad. Una de ellas fue Avelino, un chaval de nuestra edad, que venía a vernos al campamento, siempre de negro, con sus camisetas de Iron Maiden. Él fue el que nos pasó la cassette de Extremoduro (entre otras de Heavy Metal). Pepovich y yo teníamos un radiocasete en nuestra tienda de campaña. Él era un apasionado del Blues y yo un Rockabilly incorruptible. Así que pasamos bastante de las recomendaciones de Avelino. Excepto de la primera canción de este álbum. Poníamos La Hoguera una y otra vez. Se convirtió en nuestro himno, que nos transmitía la euforia de sentirnos libres. Él del cole y de su madre. Yo de mis padres y de una novia a la que iba a dejar al volver del verano. Ese riff nos hacía sentirnos invulnerables. Esa letra nos hacía reirnos del mundo porque ahora nosotros, por primera vez, teníamos el control.
Avelino nos animaba a escuchar el resto del disco, porque aseguraba que estaba muy bien. En cuanto escuchábamos el inicio de Extrema y Dura, y sus compases de jota, rebobinabamos y a la hoguera de nuevo.
Volví a Madrid en septiembre, un poquito menos Rockabilly, dejé a mi novia, y conseguí que una amiga me grabara este disco en una cinta. Meses después, escribí a Avelino para decirle que sí, que las demás canciones también molaban mucho. Y que Pepovich y yo íbamos a verles en concierto. Al menos eso creíamos. Porque fuimos a la Sala Canciller y las entradas estaban agotadas desde hacía varios días. Pero eso lo cuento otro día.
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